zahira
Cuando la trajeron ella estaba en un estado deplorable. El secuestro le había producido un shock nervioso: no hablaba ni gesticulaba. Se comportaba como una autómata. Aunque me conmovió verla así, tuve que disimular mi turbación. Demostrar piedad hubiera sido mi condena a la muerte. La Organización consideraba que la obediencia, la convicción y la disciplina eran requisitos imprescindibles para militar dentro del grupo. Cuando alguna de esas condiciones amenazaba fallar, uno se convertía de inmediato en "material descartable", con previsibles y fatales consecuencias.
Zahira estuvo dos días sin comer ni beber. Tampoco tenía control de esfínteres. Creo que sólo la fortaleza propia de la adolescencia le permitió sobrevivir a ese trance. El tercer día me despertaron unos sonidos entrecortados. Estaba llorando de manera casi silenciosa; apenas dejaba oír algunos leves gemidos. Acaricié su frente en la semipenumbra de la habitación. Era la madrugada. Me levanté y le preparé un desayuno con lo que había disponible: café soluble, azúcar, galletitas de agua.
Para mi sorpresa, se incorporó y comenzó a comer y a beber con fruición. Al principio no levantaba la vista, como si yo no existiera. Cuando terminó, elevó la mirada y sus ojos se conectaron con los mios sin dar muestra de ningún temor. Casi diría que sus pupilas se mostraban desafiantes.
-¿Estás bien? -le pregunté, un tanto desconcertado.
No me respondió. Se puso de pie y giró la cabeza en derredor. Creí que estaba viendo el modo de escaparse, pero no. Simplemente buscaba el baño. Lo descubrió sola, fisgoneando hacia la izquierda. Entonces volvió a mirarme, como si consultara mi tácita aprobación, y se dirigió hacia la puerta entreabierta.
Era penoso verla caminar en ese estado. Me sentí una piltrafa. Tanta valentía juvenil, tanta dignidad, humillaba y denigraba a sus captores. Era increíble la serenidad con que sobrellevaba todo ese ultraje. Comenzó ser algo insoportable para mí. Sobre todo, porque a pesar de ser casi una niña, yo ya había comenzado a amarla.
Sí, a amarla como mujer. Fatalmente y sin medida.



